diciembre 14, 2019

Los rascacielos de cristal generan controversia en Nueva York

¿Qué tienen de malo los rascacielos de cristal?

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, que ahora se presenta como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, fue noticia esta primavera al decir que quería vetarlos en la ciudad, por supuestas razones medioambientales.

Sin embargo, la amenaza resultó no ser exactamente lo que anunciaba. Al final, apenas habrá un endurecimiento de los estándares a los que deberá someterse cualquier edificio comercial.

Pero sí reflejaba una cuestión real: una aversión generalizada hacia las cajas revestidas de material en apariencia transparente.

El motivo más inmediato de este malestar, que se fortalece hasta el punto de que un político puede utilizarlo para conseguir votos, fue la inauguración de la propia versión neoyorquina de Oz ‒de la película The Wizard of Oz‒ en la forma de Hudson Yards, a principios de mayo.

La tinta que este evento generó en su mayor parte se refiere a su oferta gastronómica y comercial, que parece apuntar casi en exclusiva a los One Percenters. O en general, a los visitantes para quienes cualquier dólar gastado o caloría consumida fuera de casa es irrelevante.

Muchos comentarios surgieron sobre los guiños al enriquecimiento cultural en edificaciones como las Stairs to Nowhere (Escaleras a Ningún Lugar), de Thomas Heatherwick, también conocido como The Vessel (El Navío).

O la nueva estructura dedicada a la cultura y las artes, conocida como The Shed.

Hay una aversión generalizada hacia las cajas revestidas de material transparente.

Sin embargo, el mayor impacto de Hudson Yards en la vida diaria de la mayoría de los neoyorquinos ha sido la aparición de un grupo de estructuras superelevadas. Todas revestidas por completo de vidrio.

Con la posible excepción del lujo empaquetado del rascacielos de Diller Scofidio + Renfro, que se alza por sobre el Shed, el diseño de las torres es por completo mediocre e insustancial.

Y es que podrían estar en cualquier parte. No tienen relación ni con la vida de la ciudad ni con el medio ambiente. Todos ellas son contenedores sellados que surgen de una base que el promotor construyó sobre las vías del tren detrás de la Penn Station.

La historia que se repite

En realidad, nada de esto carece de precedentes en Nueva York. Un gran pedazo del Midtown Manhattan se construyó por los herederos de Vanderbilt sobre las vías detrás de la Grand Central Station.

La apariencia de aquellos bloques tan insulsos como repetitivos, que incluyen a algunos de los edificios residenciales y comerciales más caros de la ciudad, estaba tan fuera de escala con sus alrededores como lo está Hudson Yards en la actualidad.

El Rockefeller Center llevó esa escala a alturas aún mayores. Pero agregó un nivel de abstracción y una orientación en estilo rayuela que era por completo novedosa.

Lo que estas explosiones de novedad arquitectónica no hicieron fue dar la espalda al hecho de ser reflejo material del lecho rocoso sobre el que se asienta Manhattan. Por delgado que fuera el recubrimiento, estaban revestidas de piedra.

La llegada del vidrio apareció al comienzo en edificios relativamente pequeños, como la Lever House, el edificio Seagram, la sede de Pepsico y la Secretaría de las Naciones Unidas.

Todos eran tan refinados y diseñados con tal gusto en sus detalles, que su franqueza y carácter distintivo eran parte de su belleza.

Unos pocos edificios, totalmente revestidos de vidrio, que aparecieron en la década de los ochenta, como 499 y 101 Park Avenue, el Onassis Building y la Trump Tower en la Quinta Avenida, fueron la excepción a la regla.

Esta era la realidad hasta hace poco. Hoy es ese amontonamiento de cristal en Hudson Yards lo que parece tan fuera de lugar en Nueva York.