diciembre 14, 2019

¿Acaso el diseño es la panacea del mundo moderno?

Diseñador, ¿sabes cuál es tu problema? Que no sabes cuándo parar: tienes, maldita sea, que diseñarlo todo.

Consigues un trozo de ciudad para planificar y te pones a repensar cada centímetro. Pero eso no es lo que yo llamo una ciudad; es una placa de Petri.

Arrasan con la historia, rocían las malezas, lavan los graffiti, encierran a los sin techo en alambre de púas. A los adolescentes se les dispersa con dispositivos acústicos y atornillan las sillas al suelo, con humanos seleccionados para inseminarlos en su lugar.

Tu creencia en la supremacía del diseño y sus “soluciones” te coloca en la misma liga del doctor Frankenstein: cuanto más simula la vida, más monstruosa se vuelve su creación.

Tu predisposición a imponer “soluciones” de diseño a todo lo que tocas aliena cuando debería incluir. Entiéndelo: tú no eres Midas; esto no es oro.

Tu creencia en la supremacía del diseño y sus “soluciones” te coloca en la misma liga del doctor Frankenstein.

Por un momento, estuvimos contigo. Sujetábamos nuestros iPhones y cepillos para inodoros Muji, y sentíamos que nos hacían mejores personas. Pero eso fue antes de que la soledad con ojos de pantalla se pusiera en marcha, el pánico plástico y todo eso.

Pero ahora, gracias a gente como Greta Thunberg y Alexandria Ocasio-Cortez, vemos tu complicidad en hacer cada vez más sillas, echar abajo cocinas, construir casas de cristal, hormigón, lo que salga, y el consumo por amor al consumo.

Este último verano un mundo enfermo se sofocaba de calor. Un joven español de 17 años murió de una insolación después de zambullirse en una piscina; los mejillones de la costa de California se asaban en sus conchas; España se quemaba, de nuevo.

El sistema es cómplice, el consumidor es cómplice…

Sé lo que estás pensando: no es sólo culpa nuestra, no actuamos solos, necesitamos ganarnos la vida… Y tienes razón: el sistema es cómplice, el consumidor es cómplice, junto con los desarrolladores, ingenieros, consultores de paisajismo y planificadores.

Cada uno con su propia agenda. Quizás haya buenas intenciones, pero incluso el doctor Frankenstein pensó que estaba creando algo hermoso.

El otro día estaba tomando café con mi amigo Danny Michael Ball, un neurocientífico que estudia cómo la mente mapea el espacio urbano.

Él había sido un chico de la clase trabajadora de Londres y me dijo, mira lo que le han hecho a mi barrio (Bermondsey). Tomaron nuestro pub local, lo pintaron de negro y cobraron dos libras más por la pinta de cerveza.

Diseñadores o desarrolladores rara vez se abocan a salvaguardar la índole entrañable de un lugar. Son las protestas conducidas por la comunidad ‒cuando no las restricciones presupuestarias‒ las que la preservan.

“Está bien si necesitas ir por ahí a regenerar espacios, pero ¿tienes que cambiar hasta el último detalle? ¿No puedes dejar algo para la gente del lugar?», preguntó Ball. “Puede que pienses que se trata sólo un pub de mierda, pero era nuestro pub de mierda”.

Y luego ‒porque este problema es global‒ mi amigo de Nueva York, exasperado por Hudson Yards, dijo: “Todos estamos aún en shock de que puedas gastar tal cantidad de dinero, hacer algo tan grande y entregar algo tan inútil e irrelevante para la gente local”.

Diseñadores o desarrolladores rara vez se abocan a salvaguardar la índole entrañable de un lugar. Son las protestas conducidas por la comunidad ‒cuando no las restricciones presupuestarias‒ las que la preservan. Pero allí donde hay dinero, hay poca moderación con el blanqueo.

El bello sueño de la eficiencia modernista ha llevado a un no-lugar de pesadilla que acecha en el glamour de cada zona de inversión. La peste de la uniformidad; la marcha de Notopia.